El
derroche
No es casualidad
que la presentación de la Eucaristía comience
con el relato de la multiplicación de los panes. Con
ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre,
la dimensión religiosa de la material; no se puede
proveer a sus necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse,
a la vez, de sus necesidades terrenas y materiales.
Fue
precisamente ésta, por un momento, la tentación
de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio se lee
que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud
para que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer.
Pero Jesús respondió: «¡Dadles vosotros
de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús no pide
a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo
que pueden. Poner en común y compartir lo que cada uno
tiene. En aritmética, multiplicación y división
son dos operaciones opuestas, pero en este caso son lo mismo.
¡No existe «multiplicación» sin «partición»
(o compartir)!
Este
vínculo entre el pan material y el espiritual era visible
en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los
primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada
entonces agape, acontecía en el marco de una comida fraterna,
en la que se compartía tanto el pan común como
el eucarístico. Ello hacía que se percibieran
como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien
no tenía nada que comer y quien se «embriagaba»
(1 Co 11, 20-22). Hoy la Eucaristía ya no se celebra
en el contexto de la comida común, pero el contraste
entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario
no ha disminuido, es más, ha asumido dimensiones planetarias.
Sobre
este punto tiene algo que decirnos también el final del
relato. Cuando todos se saciaron, Jesús ordena: «Recoged
los trozos sobrantes para que nada se pierda». Nosotros
vivimos en una sociedad donde el derroche es habitual. Hemos
pasado, en cincuenta años, de una situación en
la que se iba al colegio o a la Misa dominical llevando, hasta
el umbral, los zapatos en la mano para no gastarlos, a una situación
en la que se tira el calzado casi nuevo para adaptarse a la
moda cambiante.
El derroche
más escandaloso sucede en el sector de la alimentación.
Una investigación del Ministerio de Agricultura de los
Estados Unidos revela que una cuarta parte de los productos
alimentarios acaba cada día en la basura, por no hablar
de lo que se destruye deliberadamente antes de que llegue al
mercado. Jesús no dijo aquel día: «Destruid
los trozos sobrantes para que el precio del pan y del pescado
no baje en el mercado». Pero es lo que precisamente se
hace hoy.
Bajo
el efecto de una publicidad machacona, «gastar, no ahorrar»
es actualmente la contraseña en la economía. Cierto:
no basta con ahorrar. El ahorro debe permitir a los individuos
y a las sociedades de los países ricos ser más
generosos en la ayuda a los países pobres. Si no, es
avaricia más que ahorro.
Fuente:
Fluvium.org
Autor: Raniero Cantalamessa
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