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Odiarse
a sí mismo
Cada
vez me impresiona más el número de muchachos que
me encuentro en la vida que se odian a si mismos. No digo que
«estén descontentos de sí mismos»
(cosa que me parece natural y magnífica), sino muchachos
que no se soportan tal y como son, que se rechazan a sí
mismos, y lo que es mucho peor, que se odian y se desprecian
cruelmente.
Los muchachos, ya
lo sé, son todos -fuimos todos también- un poco
melodramáticos, y cuando se autodefinen como «basura»,
como «un idiota de mierda» o aseguran que «se
dan asco», hay que rebajarles siempre un poquito. Pero
hay que aceptar que su sufrimiento es verdadero. Y que pocos
hay tan serios como este de que los que no se aceptan a sí
mismos.
¿De dónde
viene este autodesprecio? A veces llega de hechos objetivos,
graves, aunque no invencibles, como podría ser el haberse
encontrado atrapados por la droga o el descubrir en si tendencias
-sexuales menos normales. Otras, el desprecio surge de anécdotas
transitorias, pero para ellos tremendas: un fracaso amoroso
o un trabajo que tarda en encontrarse. Pero con frecuencia viene
también de dolores imaginarios: gente que no se acepta
porque es gorda, o porque es fea, o porque hubiera querido añadir
un palmo a su estatura, o porque se experimentan cobardes o
perezosos.
Yo sé, naturalmente,
que cada caso es cada caso y que es absurdo generalizar, pero
por si a alguien le sirve me gustaría contar algunas
cosas.
La primera es que
nadie es un bicho raro, aunque «todos» en la adolescencia
nos hayamos creído que lo éramos. A los diecisiete-veinte
años nos nace la personalidad y brotan dentro dos aspiraciones
contradictorias: una según la cual quisiéramos
ser como los demás y otra que nos empuja a realizar nuestra
individualidad. Sólo el paso del tiempo nos va descubriendo
que hay que elegir lo esencial de lo segundo y lo accidental
de lo primero, de modo que seamos lo que somos sin, por ello,
convertirnos en bichos raros. Pero quedando claro que la fidelidad
a si mismos es fundamental.
¿Y cuando
«ese hombre» que nosotros somos nos resulta odioso?
Recuerdo que tendría yo dieciocho años cuando
leí una frase que fue fundamental en mi madurar. Era
de Bernanos y decía así: «Hay que amarse
a sí mismos lo mismo que a cualquier otro pobre miembro
del Cuerpo místico de Cristo.» Dicho, si se quiere,
con palabras menos teológicas: hay que aprender a mirarnos
a nosotros mismos con la misma ternura con que nos miraríamos
si fuéramos nuestro propio padre. Entonces descubriríamos
que nadie es odioso, que desde cualquier naturaleza, desde cualquier
modo de ser, se puede saltar a la felicidad, aupándose
sobre si mismos.
SI, todo hombre debe
dar dos pasos: el primero, aceptarse a sí mismo; el segundo,
exigirse a sí mismo. Sin el primero caminamos hacia la
amargura. Sin el segundo, hacia la mediocridad. Todos podemos
ser felices y mejores, pero «desde» lo que somos,
podando nuestros excesos, desde la fidelidad a lo interior:
como el escultor -que quita los pedazos que le sobran a un bloque
para convertirse en estatua-, mas no intentando pegarnos trozos
postizos, robados aquí o allá. Aceptando lo que
viene de fuera, pero sólo después de haberlo convertido
-como el alimento- en nuestra sustancia.
Ahora voy a aclarar
que cuando hablo de «ser fiel a si mismo» no lo
confundo con «encerrarse en si mismo». Pasarse la
vida ante el propio espejo termina siempre llevando al odio
hacia nuestra alma. Lo que no se airea se pudre. Y sobre todo
en la adolescencia es imprescindible tener alguien en quien
confiar. No se puede ser joven sin amistad. Y es cierto que
al entregarnos a otros nos llevarnos bastantes batacazos. Pero
también descubrimos que en el mundo hay mucha más
comprensión y mucho más amor del que nos imaginamos.
Encontrarlo es a veces un milagro. Pero por fortuna los milagros
existen.
Tengo aún
que añadir una segunda aclaración: que cuando
hablo de «ser lo que soy» no olvido que soy «para»
los demás o para «algo». Ser para ser felices
es poquita cosa. Ser para ser útiles es mucho más
serio, con la superventaja de que siendo úti- les se
nos dará, por añadidura, el ser felices. Por eso
generalmente la mejor manera de aprender a arriarse a sí
mismo puede ser dedicarse a amar a los demás. Por eso
ya he hablado alguna vez en este «Cuaderno de apuntes»
de la vida entendida corno un trampolín: hay que asentar
bien los pies en lo que somos para poder saltar mucho mejor
y mucho más lejos hacia lo que queremos ser y hacia la
realidad que nos rodea.
Todo menos encerrarse
en la madriguera del alma. Todo me- nos mecerse como un feto
en nuestro propio vinagre. Todo menos pasarnos la vida lamiendo
nuestras heridas. Recordando que el mandamiento que dice «amarás
al prójimo como a ti mismo» lo que manda es empezar
a amamos a nosotros mismos para luego tener más amor
que repartir.
Fuente: Razones para el amor
Autor: José Luis Martín Descalzo
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